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Recuerdos de pesebres

Armando Rodríguez Jaramillo
Armenia (Quindío - Colombia), 21 de diciembre de 2013

Una de las tradiciones más importantes de la navidad en las culturas moldeadas por la religión católica es el pesebre, palabra que significa cajón donde comen las bestias (vacunos y caballos), razón por la cual al sitio donde están se le llama pesebrera.

De niño me fascinaban los relatos de la biblia, pues eran emocionantes historias cargadas de mensajes que me ponían a lucubrar cómo fue que sucedió aquello que decían las Sagradas Escrituras: José y María viajando a Belén para ser censados en atención a una orden de Herodes, María acosada por un curioso embarazo provocado por obra y gracia del Espíritu Santo, la decisión de pasar la noche en una pesebrera al no encontrar posada y el alumbramiento junto a un buey y un burro que con su respiración daban calor al recién nacido. Confieso que nunca logré armar esta historia en mi cabeza por más que me esforzaba en recrear el nacimiento de Jesús.

Los primeros días de diciembre íbamos al cuarto del reblujo a sacar las cajas que once meses atrás habíamos apiñado con las figuras del pesebre y sus elementos decorativos. Empolvadas y sin saber con certeza que había en cada caja, las destapábamos una a una. Por lo general el lugar para armarlo era cerca de la sala donde hubiera espacio suficiente para que se reunieran la familia y los vecinos a rezar la novena.

Las mismas cajas que sirvieron de empaque se usaban para dar forma al relieve de colina, tapándolas con papel recubierto de viruta de tonos variopintos entre café y verde. En lo más alto se ponía la pesebrera y las figuras de José y María, el buey y la burra, y la de algún ángel que se colaba. Más abajo se ponían palmeras entre caminos hechos con aserrín o arena y el infaltable rebaño de ovejas.

Con sumo cuidado emplazábamos un espejo de oasis con sus bordes cubiertos de arena en el que nadaban estáticos patos y cisnes. No podían faltar los pastores, alguno con una oveja al hombro, y árabes con camellos y dromedarios.

Muchos fueron los años en los que salíamos a buscar musgo en viejos troncos, piedras, muros y quebradas, y en cuanto lugar húmedo existiera. Lo usábamos como elemento decorativo antes que fuera proscrito ambientalmente su uso.

Como en cada navidad a los pesebres se les agregaba una casita o una figura, las dimensiones de las imágenes sagradas, pastores, animales y árboles eran disparejas, siendo usual hallar ovejas más grandes que un camello o animales que no iban al caso, como gallinas, tigres y elefantes. Pero lo que más golpe daba era cuando el Niño Dios resultaba ser más grande que sus padres.

Pero los pesebres tenían sus encartes. Uno de ellos era que nadie sabía qué hacer con el Niño Dios antes del nacimiento, por lo que su frágil figura rodaba por todas partes. Otro problema eran Melchor, Gaspar y Baltazar, pues las Escrituras dicen que como señal del nacimiento del Mesías atisbaron una estrella que los guio desde Egipto hasta la gruta de Belén, sitio del alumbramiento, lugar al que arribaron el 6 de enero llevando incienso, mirra y oro. Esto hacía que los Reyes Magos no tuvieran lugar propio antes de la navidad, por eso los poníamos lo más lejos posible de la pesebrera, en los extramuros, como si fuesen beduinos por el desierto, pues a esas alturas no sabían del nacimiento de Jesús. Lo curioso es que uno de ellos vagaba hincado de rodillas, ya que estaba hecho para visitar a Jesús recién nacido.

Entre el 16 y 24 de diciembre todo era alharaca y algarabía. Niños y mayores no agolpábamos cada noche para rezar las novenas y cantar villancicos. Armados de tapas de gaseosa aplastadas y ensartadas por un alambre a manera de sonajero de lata, maracas nonas, un termo viejo como guacharaca, platillos con tapas de ollas, cacerolas golpeadas con cucharas de palo y alguna matraca eran los instrumentos de ruido para acompañar un desafinado coro de voces agudas y roncas. Al final venía la repartición de natilla y buñuelos, esperado “casao” que solo se hacía una vez al año. 

La primera y la última de las novenas eran las mejores. La del 16 porque con ella se daba inicio a la temporada de rezos y cánticos, la del 24 porque luego de rezarla quedábamos esperando que dieran las doce para el nacimiento del Niño que traería los regalos, obsequios que entregaba el mismo Niño Dios en persona al amanecer dejándolos en nuestras camas. Muchas fueron las veces que con mi hermano fingimos dormir para ver al misterioso Niño, pero el cansancio y la ansiedad hacían mella en nuestra resistencia y caíamos presos del sueño, pestañeo que aprovechaban nuestros padres para suplantar al Niño y poner los regalos en su sitio.

Después de la noche de navidad dejábamos de pensar en el pesebre para enfocarnos en el último día del año. Entre el 24 de diciembre y el 6 de enero nos acercábamos al pesebre tan solo para correr un poquito a Melchor, Gaspar y Baltazar hacia donde estaba Jesús, encuentro que finalmente sucedía el 6 de enero, el día de Reyes.

Cumplida esta faena de un mes, había que pensar en desbaratar todo y guardarlo para la próxima navidad. Entonces, como por esos días era evidente que el entusiasmo había decaído ostensiblemente, le sacábamos el cuerpo al trabajito y nos hacíamos los bobos, dejándole esa engorrosa labor a mi madre que la asumía con paciencia empacado todo para que estuviera listo el próximo diciembre.

Pocas cosas tan pintorescas como los pesebres de antes. Hoy los espacios en las casas y apartamentos son tan reducidos que el pesebre se limita a los personajes centrales puestos en una repisa o sobre una mesa. Ya no se vive el ambiente de armar el pesebre, de mover las figuras, de esconder al Niño antes del 24 ni de jonjolear a los Reyes Magos. En fin, fueron tiempos diferentes con encantos diferentes.


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