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El Jardín de tus oídos de Jaime Lopera


En una casona de bahareque de dos plantas ubicada en céntrica esquina de la Villa del Cacique, donde abre sus puertas el Café de Carlos, el 15 de febrero un grupo de amigos de las letras asistimos a la presentación del último libro del escritor calarqueño Jaime Lopera Gutiérrez, «El jardín de tus oídos», publicado por la Biblioteca de Autores Quindianos patrocinada por la Gobernación del Quindío y la editorial Torre de Palabras.

Ese día, al caer la tarde, Carlos Arturo Patiño nos recibió en su café, un agradable local meticulosamente conservado que «pone un mojón en la esquina de las nostalgias, y abre una puerta de par en par, en la casona de nuestros instintitos» como lo escribiera el novelista José Nodier Solórzano para Calarcá Net. Un par de mesas y dos butacas sirvieron de mobiliario al poeta Elías Mejía y a Jaime para posar frente a un público que deleitaba aromas de café recién preparado y escuchaba a Carlos, con micrófono en mano, decir: sonido, sonido; uno, dos tres; sonido, sonido.

El diálogo entre los dos intelectuales fue melodía para los presentes gracias a las precisas preguntas y contrapreguntas de Mejía y al extenso repertorio de Lopera que nos llevó por las literaturas europea, norteamericana y latinoamericana mencionando a Stendhal, Proust, Nabokov, Borges, Isaac, Mujica Laínez, Tomás Eloy, Héctor Abad, Gabo, Arciniegas, Pérez-Reverte, Carlos Ortíz, Bloom, Kafka, Quino, Durrell, Banville, Kodama, Wallace, Ian Fleming y Joyce entre otros.

Por mi parte, desde mi profano universo, extraje de la lectura de los 52 artículos del libro, algunas frases que penetraron el jardín de mis oídos: «los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje», «la metáfora es la reina de la poesía», «la novela es el territorio del adjetivo, la crónica es el reino del substantivo», «soy un optimista con paracaídas» y otras más que me interrumpían la lectura porque me invitaban a la reflexión.

También llamó mi atención cómo el autor, en el artículo «Breve elogio a la crisis», enfrenta dificultad y crisis, para terminar elogiando a ésta última por la capacidad que tiene de movernos el piso, de sacarnos de las sociedades idílicas y de los tiempos en equilibrio donde el status quo es la norma. La crisis nos expulsa de la zona de confort hacia ignotas inseguridades e incertidumbres que activan la creatividad y la innovación.

En la «La casa de la poesía», hace una oda a la casa y pregunta si acaso sirven de pretexto como albergues de la añoranza. Y señala que «una casa es un contorno preciso para revivir, dentro de unos linderos, las expresiones, sentimientos y prácticas de los personajes que la habitaron, y mostrar con ellos los acontecimientos y contingencias de un determinado periodo». En fin, personalmente creo que las casas nos marcan, son el teatro de los recuerdos y las tradiciones de familia, lo que en ellas sucede no perece porque tienen la cualidad de ir de una generación a otra en la voz de sus protagonistas. Las casas poseen el encanto que les falta a los apartamentos, pues estos no generan apegos ni tienen el alma de las primeras.

Y qué decir del «Alegato de las cosas» cuando se pregunta, como reflexionando sobre el final inevitable de la vida: «¿Quién cuidará mis libros? ¿Quién se ocupará de las larvas, del polvo en los lomos, de las portadas desgastadas, de la implacable humedad en aquellos tomos sobre los anaqueles? Los libros me han dado tantas satisfacciones que dolerá verlos en las fauces de las polillas o en los revoltijos de los buhoneros. Claro, ellos eran mi forma de comunicación con el mundo y quizás se quedaran en él». 

En «Episodios borgesianos» Lopera selecciona, de las anécdotas recopiladas por el argentino Roberto Wallace en torno a Borges, trece de ellas, aunque no sabré si este número tiene algo de cabalístico por venir de quién viene. Del anecdotario se me ocurre citar un fragmento que recoge la dimensión de Jorge Luís: Ocurre en París, en un estudio de televisión. — ¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores del siglo? —lo interrogan. —Es que éste —, evalúa Borges— ha sido un siglo muy mediocre.

Otra narración que me sorprendió fue el fugaz encuentro, casual por demás, con Ernesto Sábato en un restaurante en Buenos Aíres (2006). Al verlo, Jaime se acercó tímidamente para intentar saludarlo y tocó su hombro para lograr su atención. Pero cuando llegó el momento de cruzar palabras, nuestro calarqueño ya estaba de regreso a su mesa «sorprendido de saber que no tenía palabras para disfrutar de un margen suficiente de comunicación». Al menos quedó una fotografía como prueba de aquel encuentro.

Por último, hay un artículo que no encaja en ninguno de los capítulos del libro que bien pudiera armar tolda aparte, me refiero a “Testimonio de un forastero”. En él Lopera se distancia de la literatura dejando ver su faceta familiar, de historiador y de político incorregible. Si en las demás páginas del libro surfea por la literatura, en estas decide sumergirse como queriendo buscar las respuestas que aún no tiene sobre su vida, la violencia, la política y la sociedad. Partiendo de «Estado y subversión en Colombia: La violencia en el Quindío» (1985), investigación de Carlos Miguel Ortíz, Jaime menciona su tragedia familiar con la muerte de su padre, la violencia bipartidista de mediados del siglo pasado, el señalamiento a grupos sociales como actores de la violencia, la lucha por la tierra, el Frente Nacional como un acuerdo para purgar los años de la violencia política que cerró caminos a las aspiraciones de una sociedad que se transformaba y crecía, la pérdida de identidad de los partidos por el clientelismo «que prácticamente le sirvió a los gobiernos para mantener bajas las cuotas de desempleo, aun cuando fuera pagando el precio de la ineficiencia y la improvisación de le Estado». En esta parte el lenguaje cambia y se vuelve cicatrizante, es evidente que escribió desde su ser y dejó salir emociones profundas de familia y frustraciones evidentes de política y sociedad. 

Pero el inexorable tic tac del reloj decretó el final de la presentación de “«El Jardín de tus oídos»”. Elías agradece a Jaime su presencia y él se despide leyendo anticipadamente tres cuentos cortos de su próximo libro. Se apagaron los micrófonos y nos sentamos con Martha Inés Bernal, su esposa y coequipera en la colección de libros de La Culpa es de la Vaca, el poeta Elías, el exalcalde de Calarcá Didier Duque y Claudia mi compañera de vida, a hablar de la existencia al calor de una buena bebida en el Café de Carlos.

Armando Rodríguez Jaramillo
@arj_opina

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