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Entre honorables y doctores

Armando Rodríguez Jaramillo (Armenia - Quindío)

En tiempos en los que la frase “usted no sabe quién soy yo” se volvió de uso frecuente para llamar la atención del interlocutor sobre la categoría que ostenta la persona a la que se dirige, me recuerdo que muchos disfrutan, sin merecerlo, de que se les llame doctor en reconocimiento a la superioridad y prestigio que creen tener.

La palabra doctor tiene varias definiciones según la Real Academia de la Lengua Española: “persona que ha recibido el último y preeminente grado académico que confiere una universidad u otro establecimiento autorizado para ello” y “título que da la Iglesia con particularidad a algunos santos que con mayor profundidad de doctrina defendieron la religión o enseñaron lo perteneciente a ella”; pero también trae la acepción, por coloquial, para el médico, aunque no tenga el grado académico de doctor.

De modo que no se es merecedor a que le antepongan doctor, al nombre, por haber recibido de una universidad títulos de pregrado, especialización o maestría. Tampoco se es digno de este tratamiento por el simple hecho de ostentar riqueza y poder, o por desempeñar cargos de representatividad. Así que todo apunta a que estamos frente a una patología social que se da para reconocer superioridad, anacronismo en una sociedad que se resiste a dejar atrás el clasismo como medio de diferenciación entre sus individuos.

Un asunto de similares características se presenta con el trato zalamero y empalagoso que se observa en los cuerpos legislativos. En el carnaval de los egos de quienes transitan por la vida política, se volvió norma que congresistas, diputados y concejales se traten de honorables, formalismo que debería estar reservado para expresar respeto por alguien o para enaltecer o premiar su mérito, es una fórmula de cortesía para exaltar la asistencia de una persona a un acto determinado.

Lo expuesto permite colegir que a muchos de los que llaman doctores y honorables se creyeron que venían de mejor familia, e incubaron con el tiempo la ya clásica expresión “usted no sabe quién soy yo”, pues no es gratuito que la mayoría de individuos que recurren a esta frase, funjan de congresistas, diputados y concejales, y de funcionarios públicos en diferentes niveles.


Nuestra sociedad sería más sencilla y amable si nos despojáramos de tanto protocolo insulso que tan solo peina los moños de la vanidad. ¿Si lo que quiero es que me reconozcan mi profesión u oficio, qué afán tengo de que me digan doctor? Si fuera así, que me llamen ingeniero, arquitecto, administrador, biólogo, pintor, escritor, político, diputado, ministro, carpintero, sastre, peluquero, mecánico o comisionista, según sea el caso. Pero por encima de cualquier distinción, el variado léxico del idioma español nos ofrece: señor y señora, palabras inequívocas e inmejorables para referirnos con respeto y cortesía hacia una persona, para darle el trato más digno que se le pueda dar a alguien en el seno de una sociedad evolucionada.

Comentarios

  1. Suficiente ilustración y muy oportuna aclaracion para q en adelante ni equivocarnos y menos ofender a quien no se lo merece. A Dios lo que es de Dios y a don cesar lo q es de don cesar

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