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El Gabo que disfruté

Gabriel García Marquez (1927 - 2014) (Foto tomada www.rae.es) 
Armando Rodríguez Jaramillo. Armenia, (Quindío, Colombia).
20 de abril de 2014

Gabriel García Márquez nos sorprendió hasta con su muerte un jueves Santo de 2014 cuando el mundo católico se aprestaba a celebrar la Última Cena de Jesús antes de adentrarse en los horrores de su juzgamiento y crucifixión. Cuando supe de la desaparición de Gabo ese 17 de abril, mis recuerdos se trasladaron a las páginas de “La Hojarasca”, primero de sus libros que llegó a mis manos y que introduce al lector en el maravilloso mundo de Macondo. Luego me sumergí, siendo un adolescente de 15 o 16 años, en el inconmensurable universo de “Cien años de soledad”, novela fantástica que me atrapó hasta su final y muchos más.

Recuerdo en mis años de pubertad haber tenido contacto con tres libros grandes como ladrillos, libros que con solo observarlos daban ganas de hacer una pausa para decidir si se emprendía la osadía de leerlos. Ellos eran: La Sagrada Biblia, El Quijote y Cien años de soledad. El primero, compuesto el Antiguo y Nuevo Testamento, lo debía leer en las clases de historia sagrada que los Hermanos Maristas, que regentaba el colegio San José en Armenia, nos impartían, lecturas que a pesar de ser obligatorias, las disfrutaba, pues eran relatos fantásticos que uno podía degustar por partecitas; el segundo, cuyo nombre completo es “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, siempre me pareció algo pesado, de difícil lectura, texto que no logró motivarme por más que me recalcaran la importancia del “Manco de Lepanto”; el tercero me atrapó y me introdujo en un mundo mágico imposible de definir, ese que acuñaría por siempre en la lengua española y en la literatura universal la palabra “Macondo” para referirse al pueblo ficticio de la novela de marras dónde lo inexplicable sucede, donde se parió el realismo mágico.

Me enganchó tanto la obra cumbre de Gabo, que luego devoré las páginas de “El coronel no tiene quién le escriba”, “El General en su laberinto”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera”, “El otoño del patriarca” y “Doce cuentos peregrinos”, amén de otros escritos periodísticos y varios discursos.

Pero volviendo a centrar mis recuerdos en la década del setenta, tengo que reconocer que por aquellos años, a más de descubrir el portento de novelista que era García Márquez, también develé al escritor político y polémico a raíz de un pequeño texto publicado con motivo de la muerte del presidente Salvador Allende en 1973, en el que expuso su tesis sobre la complicidad del gobierno de Estados Unidos, específicamente de la CIA, en los hechos del Palacio de la Moneda en Santiago de Chile. Aquel texto informal, que circuló en papel esténcil reproducido en mimeógrafo a media carta, me sirvió para darle rienda suelta a mi crítica revolucionaria contra la perversidad de los gringos que se empeñaban en poner y sostener dictaduras militares de derecha en el Cono Sur como estrategia para contener la difusión de las ideas comunistas en el continente, lo que me costó una aireada discusión con mi padre, persona ortodoxa que siempre de filiación política conservadora y que miraba con recelo lo que oliera a izquierda.

La mañana del jueves 21 de octubre de 1982, siendo aún estudiante en Bogotá, me impactó la noticia de que a Gabo le había otorgado la Academia de Letras de Suecia el Premio Nobel de Literatura, recordando por siempre el sentimiento latinoamericanista y la crítica a los europeos por su indiferencia y miopía secular para con el mundo hispanoparlante de este lado del océano, expresado en su discurso “La soledad de América Latina” al momento de recibir el Nobel. Recién llegó de Estocolmo, García Márquez me volvió a sorprender con un reportaje quirúrgico intitulado “Bateman: misterio sin final”, en el que trató la extraña desaparición en 1983 de la avioneta en que viajaba, entre Santa Marta y Panamá, Jaime Batemán Cayón, dejando en un gran misterio la suerte del máximo jefe del M-19, movimiento que asombró al país por ser la primera guerrilla urbana colombiana creada en respuesta al aparente fraude electoral del 19 de abril de 1970 que le arrebató la elección presidencial al exdictador y general en retiro Gustavo Rojas Pinilla.

En 1993 el hijo de Aracataca hizo parte, con otros ilustres colombianos, de la Misión de Sabios convocada por el gobierno de César Gaviria Trujillo con el propósito de que opinaran sobre lo que el país necesitaba para afrontar los retos que se avecinaban con el siglo XXI. Entre las conclusiones y recomendaciones importantes, que aún hoy continuamos ignorando, está la proclama de Gabo “Un país al alcance de los niños”, en la que hace un magistral recorrido por lo que hemos sido y lo que somos, desde las culturas precolombinas pasando por la conquista, la colonia y la república, describiendo con lujo de detalles el gran sincretismo cultural fruto de las mezclas de indio, negro y blanco, para terminar disertando sobre nuestra idiosincrasia y rasgos socioculturales. Esta proclama atemporal, a la que recomiendo ir cada cuanto para releerla y no olvidar lo que somos, culmina con el siguiente fragmento incomprendido y que podría convertirse en la necesaria hoja de ruta para sacar al país del atraso y la inequidad que nos carcome:

La Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo no ha pretendido una respuesta, pero ha querido diseñar una carta de navegación que tal vez ayude a encontrarla. Creemos que las condiciones están dadas como nunca para el cambio social, y que la educación será su órgano maestro. Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética --y tal vez una estética-- para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal. Que integre las ciencias y las artes a la canasta familiar, de acuerdo con los designios de un gran poeta de nuestro tiempo que pidió no seguir amándolas por separado como a dos hermanas enemigas. Que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia, y nos abra al fin la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aureliano Buendía. Por el país próspero y justo que soñamos: al alcance de los niños.”

Posteriormente, en Los Ángeles, el 7 de octubre de 1996 en la 52ª Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa, Gabo lee el discurso “El mejor oficio del mundo” en alusión al periodismo, profesión que llevó por siempre en su sangre sin desfallecer en su propósito de trabajar para que los periodistas asumieran con ética y pasión lo que hacen, tal como lo dejó plasmado en la parte final de su discurso:

Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no, la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.

También recuerdo cuando en 1996 en Zacatecas, México, con motivo del I Congreso Internacional de la Lengua Española, Gabriel García Márquez presentó su ponencia titulada “Botella al mar para el dios de las palabras” en la que lanzó su irreverente propuesta de jubilar la ortografía causando un sismo al interior de la Real Academia de la Lengua Española. Del mismo modo, fue memorable su presentación en 2007, en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española en Cartagena de Indias, cuando se le homenajeó con motivo de cumplir ochenta años de edad. Para ello se lanzó una edición especial de su novela cumbre “Cien años de Soledad” leída por millones de hispanohablantes y traducida a más de cuarenta lenguas desde 1967. En aquella ocasión, Gabo sorprende con una de sus frases recién empezaba su intervención: “Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal parecería a todas luces una locura

En fin, la vida de Gabo fue fecunda en imaginación y en posturas y respuestas inesperadas. Quedan para siempre, como parte del patrimonio universal, personajes como Aureliano Buendía, Úrsula Iguarán, José Arcadio, Remedios la Bella, Amaranta, Melquiades, El Coronel, Santiago Nassar, Ángela Vicario, Florentino Ariza, Fermina Daza, La Mamá Grande y la Cándida Eréndira, todos ellos tan ficticios como Macondo, el pueblo del nunca jamás.

Y para terminar, los cables internacionales daban cuenta que una semana antes de su muerte, cuando Gabo fue internado en Instituto de Ciencias y Nutrición Salvador Zubiránun  de Ciudad de México, al ver por la ventana los periodistas que le montaban guardia queriendo saber de su salud, exclamó: “Qué hacen ahí, váyanse a trabajar”. Así que nosotros, ¿qué hacemos aquí?, vámonos a leer y releer al maestro que harto nos dejó.

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