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El árbol de navidad

Armando Rodríguez Jaramillo
Armenia (Quindío - Colombia), 15 de diciembre de 2013
La navidad es quizás la época más especial del año matizada de una extraña, contagiosa y adictiva energía. Es temporada de alegrías y nostalgias que se fusionan produciendo un entusiasmo desbordante que se convierte en el motivo y la disculpa para darnos presentes, hacer promesas y desearnos lo mejor, así sea soló por el mes de diciembre.

¡Qué lindo carnaval de luces, alharacas, regalos, viandas y aromas es la navidad! Mes en el que lo formal y augusto se vuelve informal y relajado, días para cambiar la rutina de los once meses que lo preceden y para recargar energías y arrestos para encarar los once meses que nos esperan. Por esto y mucho más, es que durante este fin de año me sumergiré en los recuerdos de la infancia para evocar juegos, tradiciones y costumbres de aquellas navidades que no volverán.

Las navidades de antes se parecían a los juguetes de los niños de antes, pues los adornos y decoraciones decembrinas se hacían en casa, no se compraban. Con el inicio del mes número doce se inauguraba la navidad dejando a noviembre en paz sin atiborrarlo desde octubre con ventas de cuanto adorno y cachivache de cargazón importado del oriente pueda existir.

Empezando diciembre emprendíamos la búsqueda en algún potrero o quebrada del chamizo que serviría de árbol de navidad. Una vez escogido el ejemplar más  desvencijado y seco posible seguía la odisea de transportarlo a casa. Como por lo general el ojo y los deseos podían más que el espacio destinado para el árbol, siempre nos veíamos a gatas para entrar el chamizo y acomodarlo.

Una vez que se tenía esa maraña de ramas secas en el lugar escogido, se procedía a llenar de arena y tierra un tarro de galletas tamaño familiar para clavar el tronco del chamizo, forrando con papel de regalo el susodicho coco para ocultar la frase comercial aquella de: Saltinas La Rosa. Frescas y tostaditas”.

Ya parado el chamizo, comenzaba la operación de envolver cada una de sus extremidades con algodón, operación que generalmente hacía con gran paciencia y meticulosidad nuestra madre, dándole a aquellas ramas secas una apariencia albina indescriptible que impregnaba cierto aire de pureza en el ambiente. Con la algodonada el chamizo iba sufriendo su propia metamorfosis, hasta convertirse en lo que sería un lindo árbol de navidad.

Luego, con la participación de grandes y chicos, se colgaban en derredor las guirnaldas y después, una a una, la bolas de navidad que eran sumamente delicadas, cual cáscara de huevo, y que venían en tamaños grande, mediano y pequeño; redondas o con forma de lágrima; y de colores rojo, amarillo, verde y azul, y pare de contar. Por último, se ponía una pesada instalación eléctrica con bombillos como de tres o cuatro centímetros de largo con vidrios de colores, labor que hacían los mayores para evitar que a los pequeños nos pringara la corriente. Estos bombillos, que estaban unidos por un cable y no eran intermitentes, tenían filamentos de resistencia  que al alumbrar expedían mucho calor, por lo que debían ser vigilados para que no quemaran el algodón.

Eran tiempo en los que la hechura del árbol constituía una actividad familiar; tiempos en los que el árbol de navidad se ponía dentro de las casas y no cerca a las ventanas ni balcones para presumir; tiempos en los que no se compraban árboles para ensamblar ni adornos multicolores; tiempos en los que no existían las luces led con sus monótonos ritmos de encendido y apagado; tiempos en los que los regalos no se ponían en el árbol sino que al amanecer del veinticuatro de diciembre eran dejados en nuestras camas por el mismísimo Niño Dios en persona. En fin, fueron tiempos diferentes con encantos diferentes.


Más tarde llegaron los árboles armables de alambre revestidos de papel de aluminio y después árboles de follajes verdes de todos los tamaños cual réplicas de pinos y cipreses de otras latitudes.

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